jueves, 8 de septiembre de 2016

Heartbroken

¿Has sido consciente alguna vez de que pasaba el Tiempo?
O como yo no te habías dado cuenta hasta hoy.
Que no puedes evitarlo. 
Que ya no importa en qué lo pierdas.


¿Has sentido alguna vez que te duele el alma? 

Que no sabes en qué parte del cuerpo. Pero duele, mucho.


¿Que te ahogas por dentro? Te sientes ridícula, aplastada.

No eres capaz de recordar cómo eras antes, porque ha pasado el tiempo, o porque han pasado tantas cosas...
No eres capaz de entender qué has hecho mal.


Pues son los efectos de que te partan el corazón.


miércoles, 15 de junio de 2016

Dos – God save the queen

Nunca fue diestra enfrentándose a los sentimientos de los demás y quizás por eso no fue capaz de preguntarle si estaba bien. El problema fue que perdió su oportunidad. No hubo otra, porque no se volvieron a encontrar jamás.

Dicen que el mundo es un pañuelo, pero para Alice aquel día el mundo era enorme. Incluso la distancia que los separaba era insalvable.



Quizás el problema fue que Alice lo pensó demasiado. Lo que ella no sabía es que a veces las oportunidades se esfuman si te lleva mucho tiempo reaccionar.

Con el tiempo, Alice olvidó aquel día y su falta de valor y así, las pesadillas terminaron.

jueves, 7 de julio de 2011

Arde la luna

Son las cuatro de la madrugada y no hay nadie en la calle.

Acabo de salir de una de las fiestas más raras a las que he asisitido en toda mi vida. Es decir, la gente suele decir que las fiestas son para divertirse, pero yo no me lo he pasado nada bien en esta. Quizás se deba a todo lo que fumé y bebí sin haber cenado antes, pero no es la primera vez que me ocurre. Yo que sé, lo único que ahora me importa es regresar sana y salva a casa.

Nunca he estado sola en la calle a tan altas horas de la noche y... La idea me asusta bastante. Mamá suele advertirme siempre de este tipo de paseos - “Dile siempre a alguien que te acompañe”, “Ni se te ocurra volver a casa andando”...-, pero lo cierto es que por muy madura y segura que me sienta, ahora mismo desearía tener a alguien a mi lado. Bueno, a alguien no, solo a Mati. Es decir, la calle está vacía. Completamente vacía. Y es muy raro, porque es una de las calles más extensas y transitradas de la ciudad.

Aunque me cuesta, trato de concentrarme en mi objetivo: alcanzar Traviesas y subirme a un taxi lo antes posible. Es difícil, todo me da vueltas un poco. Mati diría que es por culpa de las drogas. Yo creo que es por la ausencia de Mati. Es decir, si él estuviese aquí, a lo mejor el ruído de mis tacones al rozar el asfalto no sería lo único que se escucharía. A lo mejor, debido a lo violentos que resultan los silencios incómodos, incluso volvía a dirigirme la palabra... Aunque creo que eso sería complicado. Hace tiempo que no nos llamamos, ni nos escribimos... Mati diría que es por culpa de las drogas, pero yo sé que en realidad no es así.

Ya casi estoy llegando. Los aspersores llevan funcionando todo el rato desde que salí por el portal, pero tiene gracia, ni me había fijado en ellos, y eso que parecen ser lo único con vida de esta calle... Mati, Mati, Mati... ¡Dios! Ojalá me lo pudiera sacar de la cabeza, pero parece que le gusta fastidiarme todas las fiestas. Es decir, yo me lo pasaba bien cuando quedaba con mis amigas por la noche, pero desde que dejó de hablarme, cada vez que trato de divertirme, me acuerdo de él. Y no digo que sea malo, ya que parece la única forma que tengo de verle de nuevo, pero me gustaría más que los recuerdos fueran de carne y hueso, es decir, no un producto de mi imaginación. Recuerdos con vida propia, como estos aspersores. Quizás por eso hoy desde la azotea de Marta me apeteció tanto tirarme sobre el césped recién rociado por estos curiosos aparejos... No sé, de momento son lo único que me hacen compañía.

Estoy cansadísima, ¿No podía haber una parada de taxis más cerca de la casa de Marta?... Joder, además creo que me sigue alguien. Perfecto, si alguien trata de secuestrarme lo tendrá fácil: No hay nadie en la calle, veo y oigo peor que mi abuela y no tengo batería en el móvil. Soy un blanco perfecto. Me cogerán por detrás, me meterán en un maletero que olerá a “rosas” y luego me convertirán en un aspersor. Bueno, eso si tengo suerte. Ya sé, caminaré más rápido y... Tampoco estoy tan lejos, unos metros más y exisitirá algún testigo de los hechos. Si mamá se enterase de esto me mataría, estoy segura. La verdad es que las posibilidades de que esté despierta esperándome en la puerta son altas, quizás debería dejar que el misterioso hombre que me persigue me convierta en aspersor. Seguro que es más dulce y delicado que mi madre. Si estoy destinada a tan trágico desenlace, la idea de que sea un desconocido quién me desmenuce es más atractiva que la de que lo haga mi madre. Quién sabe, quizás vea más útil convertirme en una maceta para sus plantas, al menos ser un aspersor contribuye más a que estas crezcan sanas y salvas.

Tres pasos y estoy por fin. Uno, dos... ¡Tres!. ¡Sí!, hay taxis en la parada, para ser exactos cuatro. Ya no hay nada de que temer, hasta me daré la vuelta para enfrentarme a mi patético secuestrador... Vaya, no hay nadie. Debí suponerlo, soy la paranoica más grande que existe sobre la faz de la tierra. Es decir, está bien poner los cuatro sentidos cuando se camina sola por la calle a las cuatro de la madrugada... ¡Pero no es necesario exagerar!. Cruzo la calle alegremente y me dirijo al primer taxi que se encuentra aparcado frente al Santa Irene. Qué instituto más bonito, ojalá hubiese podido estudiar algún día aquí... Me subo al taxi (muy raro la verdad, porque creo que es el primero que veo en Vigo que no es blanco), y un señor muy alegre me pregunta adónde me dirijo, y por fin, balbuceo las palabras que más he deseado pronunciar durante toda la noche:

- A casa por favor.

Cierro la puerta y me acomodo en el asiento trasero del vehículo, al fin segura, tranquila. Y el conductor arranca el coche. Pienso en Mati (¡Cómo no!), en todo lo que he bebido, barra fumado... Y, tras cinco minutos de conducción y viaje, lo comprendo todo. Y sonrío, porque a pesar de que no le he dado mi dirección al chófer, ambos somos conscientes de dónde terminará el trayecto.

domingo, 24 de abril de 2011

Bonsoir Monsieur Chu

Qué curioso es el recuerdo. Juega con nosotros como la brisa mece el césped en verano. Va y viene. Ligero, agradable, nostálgico. Feliz. Otras veces no tanto. Nos excita o bien nos oprime el pecho. Sonrisa impotente. Lágrima melancólica. Desidia.

Curioso el recuerdo. Casi tanto como los límites que le marcamos. Qué sencillo es obligarse a no añorar y abandonarse al olvido. Evita el daño. Niega la angustia que nos envuelve al recordar que lo pasado, pasado está.

Peligroso el olvido, no tanto el recuerdo. Sobre todo si pretendemos olvidar lo que aún no ha sucedido. Si tratamos de evadir lo que inevitablemente deberá acontecer. Si fingimos que todo irá bien. Si olvidamos vivir el presente, por miedo a enfrentar el futuro.

Olvidar es fácil, solo hay que proponérselo a uno mismo. Tan simple...

Tan simple que a veces incluso olvidamos a las personas que más queremos. Por inseguridad, por cobardía. Por egoísmo. Porque olvidarlas es más sencillo que luchar por no perderlas. Porque tarde o temprano tomarán un camino diferente al nuestro… Y no podremos evitarlo. Se convertirán en un pobre recuerdo. Y los recuerdos duelen. Perforan el alma y la convierten en nítidos fotogramas hechos trizas.

Qué curioso es el recuerdo. Juega con nosotros como... Qué coño importa. 

domingo, 17 de abril de 2011

Uno - God save the queen

El único sitio dónde Alice se sentía como “en casa” era la biblioteca. Allí, rodeada de libros, envuelta en el aroma del viejo papel salpicado de humedad, se sentía verdaderamente especial.

Los libros siempre guardaban palabras para ella. No importaba que género le apeteciese leer. Si quería vivir aventuras, Robinson Crusoe, Huckleberry Finn o Moby-Dick eran la mejor elección. Las aburridas tardes de lluvia, se llenaban con la espléndida compañía de Paul Auster o García Márquez. La poesía de Poe y Baudelaire eran el preludio de su concierto literario. 

Y algunos días... Se servía excesivas dosis de Charles Dickens o James Barrie, para olvidar la nostalgia que la inundaba, al recordar que no tenía a quién contarle las novelas que leía al regresar a casa.

Alice solía sentarse junto a los armarios del fondo, en la última mesa. Delante de esta se alzaba una estantería que la aislaba del resto de los lectores. Nadie podía descubrirla cuando se encontraba allí sentada –pues era lo suficientemente menuda para que nadie se percatase de su presencia-, pero ella podía contemplar a todo aquel que no estuviese a más de cinco metros de ella, a través de uno de los andeles que todavía se encontraban vacíos.

Esta pequeña singularidad había cautivado tanto a Alice, que se había convertido en un auténtico vicio. Era su idílico pasatiempo privado. Nadie más que ella conocía el novelero secreto que ocultaba la biblioteca en su interior.

Observando el vaivén de hombres que leían poemas, consultaban enciclopedias o susurraban exquisitas palabras entre los estantes buscando llamar la atención de alguna que otra mujer, Alice comenzó a estudiar el género humano hasta que su interés por este la obsesionó por completo. Rellenaba folios y folios en blanco con las impresiones de aquellas personas que visitaban cada tarde la biblioteca sin saber que sus vidas estaban siendo retratadas en las cuidadas descripciones de una tímida adolescente.

La escritura se había convertido, sin quererlo, en el capricho diario de Alice.

Suponer que los espacios públicos pueden llegar a convertirse en nuestros rincones íntimos es una idea poco aceptable, pues se encuentran bajo la constante amenaza de ser invadidos por los seres más dispares y desconocidos para nosotros. Sin embargo, la gente tiende a adueñarse, por -mala- costumbre, de las cosas que creen que nunca harán falta a otras personas. Y esta regla prevalece sobre la hipótesis anterior.

Evidentemente, Alice no reflexionó sobre ninguna de ellas cuando consideró que la mesa situada junto a los armarios merecía convertirse en su rincón secreto. 

Por eso no es de extrañar que, cuando el veinte de octubre a las cinco y treinta y seis minutos de la tarde, se dirigió de nuevo a ella; ciento treinta y dos días, catorce horas, y veintitrés segundos después de haberse sentado allí sola por primera vez; se sorprendiese al advertir que “su territorio” se encontraba acaparado por unos rizos rubios que caían sobre la frente de un chico que, a simple vista, aparentaba ser normal.

viernes, 1 de abril de 2011

God save the queen

Que fuera culpa de los Ballantine’s, los Bacardi limón, el J&B, o incluso la Absenta, la verdad es que le daba ya igual. Sí, le daba ya bastante igual. El daño ya estaba hecho. Y nada podría causarle mayor dolor.
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Todo daba vueltas en la cabeza de Alice. Desde la primera copa de champán en casa de Lisa, hasta las lágrimas derramadas en el portal de Chase.

Lisa, estoy bien, tranquila, sí, te espero abajo, solo necesito cambiar de aires, te acompaño, recuerda que me tengo que ir pronto, solo una calada, todo igual que antes, ¡taxi!, 25 libras, no nos ha dado la vuelta, alcohol, perfume de Chase, tacones, estoy bien, lluvia, el portero, puedo sola gracias, el ascensor, qué guapo estaba Chase hoy, son las 4, una copa más, solo una, vámonos de aquí, el portal,…, la sonrisa de Chase.
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-          ¿Dónde está Chris?
-          ¿Quién es Chris?
-          El chico con el que bailaba hace poco. Estamos saliendo.
-          Pero si hace una escasa hora que lo has dejado con Chase.
-          Te equivocas, él me dejó a mí. Y lo sé… Pero… Esta vez… Es una corazonada. Mira le he encontrado.
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Alice guiñó disimuladamente un ojo a Lisa, y se mordió los labios mientras caminaba hacia lo que parecía su fin.

En la barra y rodeada de babosos que no dejaban de mirarle el culo, Lisa se preguntó cuales serían las intenciones de su amiga, que jamás salía de casa sino era para quedar con Chase o pasear al perro. Ahora que Chase la había dejado, Lisa creía que las posibilidades de fiesta con su amiga se habían convertido en algo tan remoto como que la cogiesen el próximo año en la Université de Paris, su pequeño sueño particular.

Cuando la llamó poco antes de salir por la puerta, Alice era incapaz de articular palabra. Lisa nunca había notado a su amiga tan afligida como esa noche, por eso creyó que si no salían juntas por la ciudad, a Alice le daría algo. Sin Chase, su amiga era como La Gioconda sin Leonardo Da Vinci. Una obra sin creador. Había estudiado el cuadro en historia del arte hacía pocos años. Y todavía le asombraba esa media sonrisa que asomaba en la cara sin color de la mujer. ¿Sonreiría por algún chiste malo de Leo? ¿Pensaría en alguna locura nocturna junto a su último amante? ¿O simplemente posaba por orden del pintor?

La imaginación de Lisa desbordaba estupideces cuando llevaba alguna copa de más. Y para cuando se dio cuenta de lo que estaba pensando, trató de recordar cómo había llegado hasta La Gioconda. Sí, claro, por Alice, que estaba hundida por culpa de Chase. No creía que existiese un remedio fácil para su ruptura. Sin embargo, quizá Chris fuese la solución. Mientras no las separase como su ex-novio solía acostumbrar a hacer, a Lisa le daba igual con quién decidiese matar su amiga el tiempo.

Últimamente ella y Lisa se veían poco. Entre que apenas se despegaba de Chase y ella hacía lo propio con los libros, su relación se había reducido a un batido los domingos por la tarde, luego de hacer un alto en sus respectivas tareas cotidianas.

Pero hoy Alice se estaba comportando de un modo muy extraño. Para Lisa, que nunca había mantenido un idilio lo bastante serio con un hombre como para poder entender el sufrimiento de su amiga, la conducta de Alice carecía de sentido alguno. Alice nunca había bebido, fumado, o llegado más tarde de las dos a casa. Ni siquiera si Chase era la causa. Alice no se saltaba jamás las reglas. Era el ejemplo que su madre siempre le decía que debía seguir. A pesar de que Lisa se pasaba el día estudiando para ser la mejor de todo el área. A pesar de que ya lo era.

Y ahora Alice estaba entrando en el baño con ese tal Chris.
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Pero si no lo hacía ahora, tampoco podría volver a tener otra oportunidad. 
No fue difícil, no hubo resistencia alguna. 
Pero hubiera sido mucho mejor con Chase.

sábado, 26 de marzo de 2011

¡Taxi!

Frenesí y alcohol se confunden tras el asiento del conductor. Los trajes y la lencería yacen en el suelo del vehículo. Zapatos, camisa, vestido, cinturón, pantalones, sujetador, calzoncillos, bragas. Mr. Brightside. Y la música aumenta de volumen. Los cuerpos se frotan, se agitan, se estremecen. Ríen bajo las sombras que proyectan las farolas de la calle. Oscuro, luz, oscuro, luz.

Un jadeo que se derrite entre las piernas húmedas de ella. Un suspiro que se mezcla con el perfume de sus rizos. Vista, oído, olfato, gusto, tacto. Todos los sentidos juegan esta noche. Y ninguno se queda atrás. A 200 Km./h. Velocidad, ansia, placer. El cuerpo guía a la razón. Y ninguno trata de evitarlo. Destino: Hasta el infinito y más allá.

Y así se aventuran, cabalgando entre las gélidas aguas del río, buscando un regocijo inalcanzable. Juntos, los dos. Ahora o nunca.

En el taxi.

viernes, 11 de febrero de 2011

I


¿Serán dichosas las gaviotas? 
¿Lo serán aún ignorando qué son?

Maravillosas aves.
Octavo arte silenciado.
Menospreciados fénix del cosmos
que alzan el vuelo en busca del edén.
Mas jamás lo encuentran.

Pero perseveran.
Sí, perseveran.

Sotavento de papiro,
acaramelada tempestad del cielo azul.
Revés imprevisto.
Las gaviotas mantienen el vuelo,
tú y yo las contemplamos desde el ígneo báratro.
Libertad.

Qué envidia, 
las gaviotas.

Cuán felices deben ser.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Nochebuena

Camina a prisa por la calle concurrida. No es la primera vez que me fijo en él. Siempre con ese aire nostálgico que lo caracteriza. Recorre la avenida con la mirada fija en algún lugar concreto y se concentra en cada uno de sus pasos. Como si al andar imitase el compás de alguna banda sonora que resonase intensamente en su cabeza.

Decido seguirlo. No por curiosidad, no por él. Sino por mí. Porque su forma de caminar me infunde un extraño valor cuya procedencia me es extraña. Papá lo hubiese llamado agallas.
Mis pies son incapaces de mantener el mismo ritmo que él a causa del nerviosismo, pero finalmente consiguen acostumbrarse a la viveza de sus pasos. Me acomodo al caminar agitado, al ágil movimiento de sus piernas...

Me mareo ligeramente. He olvidado que hoy es Nochebuena. La gente apura las últimas compras navideñas, y se reúne en el medio de la calle. Mi intento de esquivar semejante número de personas cargadas con paquetes y bolsas llenas hasta rebosar, resulta absurdo. Evitar el acoso de los músicos ambulantes es una tarea ardua y compleja.

Durante un instante creí haberlo extraviado. Para él es tan fácil... Se desliza entre la multitud como si fuera su hábitat natural. Como si fuese superior al resto. Me pregunto si quizás haya sido esta la razón por la que he decidido seguirlo. Estoy segura de que sí.

Yo también quiero sentirme así.

martes, 7 de diciembre de 2010

Rain

- ¿Te tapo? Llueve bastante, y con lo pequeñita que eres en cualquier momento te ahogarás.
- Mm, muy ocurrente. No. Gracias por preocuparte, pero estoy bien. El agua todavía no me llega al cuello.
- ...
- ...
- ¿Sabes? A veces me siento en este banco aunque no vaya a coger ningún autobús, y espero.
- ¿Y que es eso que esperas tanto tiempo bajo la lluvia? Debe ser muy importante si te da igual bajar cada día que llueve hasta aquí, y empaparte.
- Bueno tampoco llueve todos los días.
- Pero siempre estas aquí cuando sucede.
- ...
- ¿Bueno me lo vas a contar o no?
- Dame un segundo... No. Prefiero dejarte con la intriga, y así cuando vuelva a verte, me preguntarás que es lo que estoy esperando.
- No sabes si volverás a verme.
- Pero como te parezco atractivo, tratarás de encontrarme cuanto antes.
- Lo único que me parece es que eres un arrogante.
- Bien, parece que volveremos a vernos. Me llamo Marcos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Vide, et jamais plain

Vacío. Esa agradable sensación de estar hueco por dentro. Ese sentimiento que sólo se descomprime al escribir. Ese no-puedo-explicar-qué-me-ocurre, tan imposible de definir. Ese querer y quedarse a mitad de camino. Ese rumbo que te empeñas en perseguir e ignoras por completo. Perder el Norte. La cabeza, la calma, la razón. Rendirse a la búsqueda de un sueño inalcanzable. Y el desasosiego de no entender el porqué. Ese sentimiento de que todo se resquebraja. Ese reprimirlo todo. Absolutamente todo. Y tan frustrante. Cada una de las piezas que nos conducen a la nada.
Vacío... Vacío, y jamás lleno.

jueves, 28 de octubre de 2010

Veinte señoras se me caen encima

"Las mismas señoras del otro día, las mismas señoras de ayer, de la semana pasada... Las mismas señoras charlatanas y estiradas que siempre se esconden bajo la sombra de la parada del autobús. 

Siempre las mismas. Esas que buscan en un perro sin dueño, en un accidente trágico, en la chica que busca desesperada la tarjeta del autobús... una excusa para entablar una conversación vacía, sin sentido alguno, llena de nietos graduados en no-se-sabe-muy-bien-qué-carrera y parece-que-está-despejando.
Hoy las señoras siguen hablando, siguen criticando, creen que soy aquella niña que jugaba con su nieta, que ahora es dueña de la peluquería del barrio.
Hoy las veinte señoras se me han caído encima, por culpa de un frenazo del bus. Una encima de otra, como sucede cuando colocas veinte fichas de dominó en fila y empujas un poco la primera.
Tiene gracia, en 4 años creo que ha sido la primera vez que las he oído reir de verdad."

miércoles, 27 de octubre de 2010

Andrej

"- ¡Está nevando sobre el campo de trigo! - Exclama Natasha desde el umbral de la puerta. 

Pequeños copos blancos surcan el cielo al compás del gélido viento que azota Rusia durante la estación más fría del año. Natasha corre a través de las landas cubiertas ahora, en su totalidad, por un manto blanco que anuncia frío, hambre y desesperación para muchos de los pequeños propietarios de las tierras vecinas. Al igual que ellos, Natasha deberá superar uno de los inviernos más fríos de la historia, sin un mísero trozo de pan que llevarse a la boca o sin una manta que la abrigue y proteja de las noches más violentas. 
El campo de trigo. Y entonces Natasha lo ve. Está al fondo, confundiéndose con el pálido horizonte. Una pequeña lágrima resbala por su rostro, pero en seguida se congela con el roce de los copos. Nieva.
Sin siquiera ordenarlo, sus pies comienzan a avanzar entre el nevado campo, produciendo un crujido que bien podría resultar el de su corazón resquebrajándose.
La nieve cae con más firmeza, y últimamente las ocasiones de comer son tan limitadas que las posibilidades de alcanzarle son mínimas. Sin embargo, debe intentarlo. Es la última oportunidad.
- ¡Andrej! ¡Andrej!
La había visto, pero las pocas fuerzas que conservaba le habían impedido sortearla. Había visto la piedra, pero se había caído igual. El dolor del golpe la envió de nuevo a la realidad.
- ¡Andrej!
Era demasiado tarde. No podría oirla y mucho menos verla. Andrej montó el caballo y tras echar una última mirada a la granja de los padres de Natasha, comenzó a cabalgar directo al escuadrón.
Desplomada sobre el suelo, con la cara ardiendo por el contacto con el hielo y la nieve, y el tobillo torcido a causa del tropiezo; Natasha vió como Andrej desaparecía entre el níveo campo de trigo, para no regresar nunca más."

martes, 26 de octubre de 2010

Bell Buckle

"- ¡Mamá! ¡Mamá! ¿¡La has visto!? ¿¡La has visto!? -. Jack abrió la puerta de cristal que separaba el inmenso jardín del interior de la casa, y comenzó a correr a través de la hierba.

La noche era plácida y calurosa, de verano. Jack disfrutaba con el contacto del césped, que le producía una agradable sensación al tacto, y se empapaba de arriba abajo a causa de los aspersores que su madre aún no había desconectado.
Una carcajada de felicidad resonó en el prado. Jack frenó la carrera y se quitó la camisa llena de jirones que solía llevar puesta cuando él y su madre pasaban el fin de semana en la granja de Bell Buckle.

- ¡Jack! ¡Jack! ¡Vuelve! -. Elisabeth, su madre, encendió la luz del porche y confusa, observó cómo su hijo desaparecía en la noche, en dirección al bosque, bajo una lluvia artificial.
Sin embargo, no pudo evitar sonreir al verlo tan feliz.

Las pequeñas luciérnagas rodeaban a Jack mientras él saltaba y agitaba los brazos, intentando dar caza a los pequeños bichos con las manos. Cuando ya casi tenía una, dos brazos lo agarraron por detrás y lo elevaron a un metro del suelo.

- ¡Suéltame mamá! ¡Suéltame! -. Elisabeth agarraba fuertemente a su hijo mientras lo zarandeaba en el aire y se reía cariñosamente. Jack intentaba zafarse del abrazo de su madre, pero acabó cediendo, no había nada que hacer cuándo se trataba de mamá."