domingo, 17 de abril de 2011

Uno - God save the queen

El único sitio dónde Alice se sentía como “en casa” era la biblioteca. Allí, rodeada de libros, envuelta en el aroma del viejo papel salpicado de humedad, se sentía verdaderamente especial.

Los libros siempre guardaban palabras para ella. No importaba que género le apeteciese leer. Si quería vivir aventuras, Robinson Crusoe, Huckleberry Finn o Moby-Dick eran la mejor elección. Las aburridas tardes de lluvia, se llenaban con la espléndida compañía de Paul Auster o García Márquez. La poesía de Poe y Baudelaire eran el preludio de su concierto literario. 

Y algunos días... Se servía excesivas dosis de Charles Dickens o James Barrie, para olvidar la nostalgia que la inundaba, al recordar que no tenía a quién contarle las novelas que leía al regresar a casa.

Alice solía sentarse junto a los armarios del fondo, en la última mesa. Delante de esta se alzaba una estantería que la aislaba del resto de los lectores. Nadie podía descubrirla cuando se encontraba allí sentada –pues era lo suficientemente menuda para que nadie se percatase de su presencia-, pero ella podía contemplar a todo aquel que no estuviese a más de cinco metros de ella, a través de uno de los andeles que todavía se encontraban vacíos.

Esta pequeña singularidad había cautivado tanto a Alice, que se había convertido en un auténtico vicio. Era su idílico pasatiempo privado. Nadie más que ella conocía el novelero secreto que ocultaba la biblioteca en su interior.

Observando el vaivén de hombres que leían poemas, consultaban enciclopedias o susurraban exquisitas palabras entre los estantes buscando llamar la atención de alguna que otra mujer, Alice comenzó a estudiar el género humano hasta que su interés por este la obsesionó por completo. Rellenaba folios y folios en blanco con las impresiones de aquellas personas que visitaban cada tarde la biblioteca sin saber que sus vidas estaban siendo retratadas en las cuidadas descripciones de una tímida adolescente.

La escritura se había convertido, sin quererlo, en el capricho diario de Alice.

Suponer que los espacios públicos pueden llegar a convertirse en nuestros rincones íntimos es una idea poco aceptable, pues se encuentran bajo la constante amenaza de ser invadidos por los seres más dispares y desconocidos para nosotros. Sin embargo, la gente tiende a adueñarse, por -mala- costumbre, de las cosas que creen que nunca harán falta a otras personas. Y esta regla prevalece sobre la hipótesis anterior.

Evidentemente, Alice no reflexionó sobre ninguna de ellas cuando consideró que la mesa situada junto a los armarios merecía convertirse en su rincón secreto. 

Por eso no es de extrañar que, cuando el veinte de octubre a las cinco y treinta y seis minutos de la tarde, se dirigió de nuevo a ella; ciento treinta y dos días, catorce horas, y veintitrés segundos después de haberse sentado allí sola por primera vez; se sorprendiese al advertir que “su territorio” se encontraba acaparado por unos rizos rubios que caían sobre la frente de un chico que, a simple vista, aparentaba ser normal.

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