viernes, 24 de diciembre de 2010

Nochebuena

Camina a prisa por la calle concurrida. No es la primera vez que me fijo en él. Siempre con ese aire nostálgico que lo caracteriza. Recorre la avenida con la mirada fija en algún lugar concreto y se concentra en cada uno de sus pasos. Como si al andar imitase el compás de alguna banda sonora que resonase intensamente en su cabeza.

Decido seguirlo. No por curiosidad, no por él. Sino por mí. Porque su forma de caminar me infunde un extraño valor cuya procedencia me es extraña. Papá lo hubiese llamado agallas.
Mis pies son incapaces de mantener el mismo ritmo que él a causa del nerviosismo, pero finalmente consiguen acostumbrarse a la viveza de sus pasos. Me acomodo al caminar agitado, al ágil movimiento de sus piernas...

Me mareo ligeramente. He olvidado que hoy es Nochebuena. La gente apura las últimas compras navideñas, y se reúne en el medio de la calle. Mi intento de esquivar semejante número de personas cargadas con paquetes y bolsas llenas hasta rebosar, resulta absurdo. Evitar el acoso de los músicos ambulantes es una tarea ardua y compleja.

Durante un instante creí haberlo extraviado. Para él es tan fácil... Se desliza entre la multitud como si fuera su hábitat natural. Como si fuese superior al resto. Me pregunto si quizás haya sido esta la razón por la que he decidido seguirlo. Estoy segura de que sí.

Yo también quiero sentirme así.

No hay comentarios:

Publicar un comentario