jueves, 7 de julio de 2011

Arde la luna

Son las cuatro de la madrugada y no hay nadie en la calle.

Acabo de salir de una de las fiestas más raras a las que he asisitido en toda mi vida. Es decir, la gente suele decir que las fiestas son para divertirse, pero yo no me lo he pasado nada bien en esta. Quizás se deba a todo lo que fumé y bebí sin haber cenado antes, pero no es la primera vez que me ocurre. Yo que sé, lo único que ahora me importa es regresar sana y salva a casa.

Nunca he estado sola en la calle a tan altas horas de la noche y... La idea me asusta bastante. Mamá suele advertirme siempre de este tipo de paseos - “Dile siempre a alguien que te acompañe”, “Ni se te ocurra volver a casa andando”...-, pero lo cierto es que por muy madura y segura que me sienta, ahora mismo desearía tener a alguien a mi lado. Bueno, a alguien no, solo a Mati. Es decir, la calle está vacía. Completamente vacía. Y es muy raro, porque es una de las calles más extensas y transitradas de la ciudad.

Aunque me cuesta, trato de concentrarme en mi objetivo: alcanzar Traviesas y subirme a un taxi lo antes posible. Es difícil, todo me da vueltas un poco. Mati diría que es por culpa de las drogas. Yo creo que es por la ausencia de Mati. Es decir, si él estuviese aquí, a lo mejor el ruído de mis tacones al rozar el asfalto no sería lo único que se escucharía. A lo mejor, debido a lo violentos que resultan los silencios incómodos, incluso volvía a dirigirme la palabra... Aunque creo que eso sería complicado. Hace tiempo que no nos llamamos, ni nos escribimos... Mati diría que es por culpa de las drogas, pero yo sé que en realidad no es así.

Ya casi estoy llegando. Los aspersores llevan funcionando todo el rato desde que salí por el portal, pero tiene gracia, ni me había fijado en ellos, y eso que parecen ser lo único con vida de esta calle... Mati, Mati, Mati... ¡Dios! Ojalá me lo pudiera sacar de la cabeza, pero parece que le gusta fastidiarme todas las fiestas. Es decir, yo me lo pasaba bien cuando quedaba con mis amigas por la noche, pero desde que dejó de hablarme, cada vez que trato de divertirme, me acuerdo de él. Y no digo que sea malo, ya que parece la única forma que tengo de verle de nuevo, pero me gustaría más que los recuerdos fueran de carne y hueso, es decir, no un producto de mi imaginación. Recuerdos con vida propia, como estos aspersores. Quizás por eso hoy desde la azotea de Marta me apeteció tanto tirarme sobre el césped recién rociado por estos curiosos aparejos... No sé, de momento son lo único que me hacen compañía.

Estoy cansadísima, ¿No podía haber una parada de taxis más cerca de la casa de Marta?... Joder, además creo que me sigue alguien. Perfecto, si alguien trata de secuestrarme lo tendrá fácil: No hay nadie en la calle, veo y oigo peor que mi abuela y no tengo batería en el móvil. Soy un blanco perfecto. Me cogerán por detrás, me meterán en un maletero que olerá a “rosas” y luego me convertirán en un aspersor. Bueno, eso si tengo suerte. Ya sé, caminaré más rápido y... Tampoco estoy tan lejos, unos metros más y exisitirá algún testigo de los hechos. Si mamá se enterase de esto me mataría, estoy segura. La verdad es que las posibilidades de que esté despierta esperándome en la puerta son altas, quizás debería dejar que el misterioso hombre que me persigue me convierta en aspersor. Seguro que es más dulce y delicado que mi madre. Si estoy destinada a tan trágico desenlace, la idea de que sea un desconocido quién me desmenuce es más atractiva que la de que lo haga mi madre. Quién sabe, quizás vea más útil convertirme en una maceta para sus plantas, al menos ser un aspersor contribuye más a que estas crezcan sanas y salvas.

Tres pasos y estoy por fin. Uno, dos... ¡Tres!. ¡Sí!, hay taxis en la parada, para ser exactos cuatro. Ya no hay nada de que temer, hasta me daré la vuelta para enfrentarme a mi patético secuestrador... Vaya, no hay nadie. Debí suponerlo, soy la paranoica más grande que existe sobre la faz de la tierra. Es decir, está bien poner los cuatro sentidos cuando se camina sola por la calle a las cuatro de la madrugada... ¡Pero no es necesario exagerar!. Cruzo la calle alegremente y me dirijo al primer taxi que se encuentra aparcado frente al Santa Irene. Qué instituto más bonito, ojalá hubiese podido estudiar algún día aquí... Me subo al taxi (muy raro la verdad, porque creo que es el primero que veo en Vigo que no es blanco), y un señor muy alegre me pregunta adónde me dirijo, y por fin, balbuceo las palabras que más he deseado pronunciar durante toda la noche:

- A casa por favor.

Cierro la puerta y me acomodo en el asiento trasero del vehículo, al fin segura, tranquila. Y el conductor arranca el coche. Pienso en Mati (¡Cómo no!), en todo lo que he bebido, barra fumado... Y, tras cinco minutos de conducción y viaje, lo comprendo todo. Y sonrío, porque a pesar de que no le he dado mi dirección al chófer, ambos somos conscientes de dónde terminará el trayecto.